De naturaleza gregaria, los caballos viven en manadas. Cuando se reúne a un grupo de estos animales, tienden a establecer una jerarquía y, por lo general, permanecen unidos aunque pertenezcan a razas y tipos distintos. De igual modo, los caballos en libertad forman manadas de manera instintiva, las cuales se encuentran normalmente integradas por varios grupos familiares de un semental y quizá cinco o seis yeguas con sus crías.
En dichas manadas impera el matriarcado, ya que la manada suele estar controlada por las yeguas más maduras, que se encargan de mantener a raya los encendidos ánimos de los miembros más jóvenes, sobre todos de los potros. Únicamente durante la época de apareamiento los sementales de los grupos rivalizan por dominar a las hembras en edad reproductora. Los sementales domados se perciben como más dominantes e imprevisibles que las hembras, las matriarcas de las manadas salvajes pueden ser tan agresivas como los machos y en absoluto son sumisas.
El caballo a través de su atributos físicos y sensoriales, le recuera al mundo su espíritu salvaje: una velocidad y resistencia fuera de lo ordinario para escapar de los depredadores, así como una vista y oído magníficos para detectar al instante el peligro. Posee una dentadura fuerte y prominente.
De una posición de reposo, el caballo alcanza una velocidad máxima de 70 km por hora, en tres o cuatro segundos. Sus grandes ojos a ambos lados de la cabeza, le proporcionan un campo visual muy amplio, y sus orejas móviles, que rotan trazando un ángulo de casi 360 grados, actúan a modo de radar.
| El caballo, fidelidad y espíritu libre en un sólo ser. El lado salvaje de este gran animal. |
Como se puede observar, las características físicas y el carácter del caballo, reflejan el espíritu salvaje y enérgico de este animal.
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